Después

Te odio con el odio de la ilusión marchita:
¡Retírate! He bebido tu cáliz, y por eso
mis labios ya no saben dónde poner su beso;
mi carne, atormentada de goces, muere ahíta.

Safo, Crisis, Aspasia, Magdalena, Afrodita,
cuanto he querido fuiste para mi afán avieso.
¿En dónde hallar espasmos, en dónde hallar exceso
que al punto no me brinde tu perversión maldita?

¡Aléjate! Me invaden vergüenzas dolorosas,
sonrojos indecibles del mal, rencores francos,
al ver temblar la fiebre sobre tus senos rosas.

No quiero más que vibre la lira de tus flancos:
déjame solo y triste llorar por mis gloriosas
virginidades muertas entre tus muslos blancos.

Autor: Amado Nervo, México

A ti

Portas al cuello la gentil nobleza
del heráldico lirio; y en la mano
el puro corte del cincel pagano;
y en los ojos abismos de belleza.

Hay en tus rasgos acritud y alteza,
orgullo encrudecido en un arcano,
y resulto en mi prez un vil gusano
que a un astro empina la bestial cabeza.

Quiero pugnar con el amor, y en vano
mi voluntad se agita y endereza,
como la grama tras el pie tirano.

Humillas mi elación y mi fiereza;
y resulto en mi prez un vil gusano
que a un astro empina la bestial cabeza.

Autor: Salvador Díaz Mirón, México

A una estatua

 Estatua de glorieta, mole altiva,
efigie pétrea en pedestal bruñido,
en tu inflamado torso sin latido
simulas alma en roquedal cautiva.

La rígida expresión parece viva
en tu inmutable gesto retenido;
ya en la fingida piel prende el olvido
y asoma una verdad definitiva:

Ruina serás como el mortal humano,
derribo, escombro al fin tarde o temprano,
disperso mineral, residuo inerte.

Donde el cantal se alzó triunfó la muerte;
donde cayó, una inscripción labrada:
Eterna quiso ser y no fue nada.

Autor: Vicente Fernández-Cortez, España

Tempus Fugit

 A François-Marie Arouet, relojero, más conocido como Voltaire.


Tenaz reloj, metálico latido
en permanente ciclo prisionero.
¿Por qué será que tu tictac de acero
desgrana ya las cuentas del olvido?

Tu inexorable pulso repetido
limita cuanto vivo y cuanto espero,
mi postrera mirada y cuando muero
al terco son de su voraz tañido.

¡Mecánico ritual de un alma plana
en la ecuación precisa de tu horquilla!
Por ti, cuadriculada y cartesiana,

nos quedará sufrir la pesadilla
del tránsito vital en la membrana
de la rígida piel de tu plantilla.

Autor: Vicente Fernández-Cortez, España

Guitarra

Empieza el llanto de la guitarra.
Es inútil callarla.
Es imposible callarla.
(F. Garcia Lorca)
Al recuerdo de Federico.


Guitarra de taberna, arrinconada
sin traste ni cordal en tu armadura,
que no hay nadie que abrace tu cintura
a la compaña de una voz templada.

Yo sé muy bien que en la oquedad callada
de tu canoro vientre aún perdura
el olvidado son, la partitura
de una canción de amor desesperada.

En tu oscuro brocal tiembla el lamento,
la resignada nota retenida,
el arpegio varado en tu instrumento.

¡Ay guitarra gitana, adormecida,
qué saben del prodigio de ese tiento
clavado entre los surcos de tu herida!

Autor: Vicente Fernández-Cortez, España

Aro quisiera ser

Aro quisiera ser, torno enredado
en el ciclo orbital de tu cintura,
fiera revolución de una locura
colgada en tu virtud y en tu pecado.

Brisa en tu piel, volcán acorralado
en un soplo vital, viento y tortura
de tu boca de hiel, seca y oscura
cuando esquivas mi aliento en tu costado.

Quisiera serlo todo en tu desvelo,
tormenta, fuego, mar embravecido
caricia, beso, sol, inmenso cielo.

Todo quisiera ser, amor prohibido,
pero ¡es tan largo el tiempo del deshielo
y tan breve la senda del olvido!

Autor: Vicente Fernández-Cortez, España

En esta noche de penumbra oscura

 En esta noche de penumbra oscura,
opaco velo que en mi alma anida,
alimento conjuros de druida
a orillas del fanal de tu cintura.

Estoy entre tu cielo y mi locura,
bajo los sinsabores de tu vida,
pero qué puedo hacer si tu alma olvida,
si tu cuerpo confunde esta aventura.

Me pierdo sin remedio en esta noche
que me ciega, me oculta y me oscurece.
Seré tu luz, el sol que a ti se aferra,

tu ley, mi escalofrío, tu reproche,
el temblor de un candil que se estremece.
Amarte no es tu paz sino mi guerra.

Autor: Vicente Fernández-Cortez, España

La lluvia

Bruscamente la tarde se ha aclarado
porque ya cae la lluvia minuciosa.
Cae o cayó. La lluvia es una cosa
que sin duda sucede en el pasado.

Quien la oye caer ha recobrado
el tiempo en que la suerte venturosa
le reveló una flor llamada rosa
y el curioso color del colorado.

Esta lluvia que ciega los cristales
alegrará en perdidos arrabales
las negras uvas de una parra en cierto

patio que ya no existe. La mojada
tarde me trae la voz, la voz deseada,
de mi padre que vuelve y que no ha muerto.

Autor: Jorge Luis Borges, Argentina

Amor insatisfecho

 Mi corazón se siente satisfecho
de haberte amado y nunca poseído;
así tu amor se salva del olvido
igual que mi ternura del despecho.

Jamás te vi desnuda sobre el lecho,
ni oí tu voz muriéndose en mi oído;
así ese bien fugaz no ha convertido
un ancho amor en un placer estrecho.

Cuanto el deleite suma a lo vivido
acrecentado se lo resta el pecho,
pues la ilusión se va por el sentido.

Y en ese hacer y deshacer lo hecho,
sólo un amor se salva del olvido,
y es el amor que queda insatisfecho.

Autor: José Ángel Buesa, Cuba

Amor prohibido

Solo tú y yo sabemos lo que ignora la gente
al cambiar un saludo ceremonioso y frío,
porque nadie sospecha que es falso tu desvío,
ni cuánto amor esconde mi gesto indiferente.

Solo tú y yo sabemos porqué mi boca miente,
relatando la historia de un fugaz amorío;
y tú apenas me escuchas y yo no te sonrío...
y aún nos arde en los labios algún beso reciente.

Solo tú y yo sabemos que existe una simiente
germinando en la sombra de este surco vacío,
porque su flor profunda no se ve, ni se siente.

Y así, las dos orillas, tu corazón y el mío,
pues, aunque las separa la corriente de un río,
por debajo del río se unen secretamente.

Autor: José Ángel Buesa, Cuba

Amor tardío

Tardíamente, en el jardín sombrío,
tardíamente entró una mariposa,
transfigurando en alba milagrosa
el deprimente anochecer de estío.

Y, sedienta de miel y de rocío,
tardíamente en el rosal se posa,
pues ya se deshojó la última rosa
con la primera ráfaga de frío.

Y yo, que voy andando hacia el poniente,
siento llegar maravillosamente,
como esa mariposa, una ilusión;

pero en mi otoño de melancolía,
mariposa de amor, al fin del día,
qué tarde llegas a mi corazón...

Autor: José Ángel Buesa, Cuba

Soneto

Si para recobrar lo recobrado
debí perder primero lo perdido,
si para conseguir lo conseguido
tuve que soportar lo soportado,

si para estar ahora enamorado
fue menester haber estado herido,
tengo por bien sufrido lo sufrido,
tengo por bien llorado lo llorado.

Porque después de todo he comprobado
que no se goza bien de lo gozado
sino después de haberlo padecido.

Porque después de todo he comprendido
que lo que el árbol tiene de florido
vive de lo que tiene sepultado.

Autor: Francisco Luis Bernárdez, Argentina

La lágrima


No sé quién la lloró, pero la siento
(por su calor secreto y su amargura)
como brotada de mi desventura,
como nacida de mi desaliento.

Quizá desde un lejano sufrimiento,
desde los ojos de una estrella pura,
se abrió camino por la noche oscura
para llegar hasta mi sentimiento.

Pero la siento mía, porque alumbra
mi corazón sin esa luz sin tasa
que sólo puede dar el propio fuego:

Rayo del mismo sol que me deslumbra,
chispa del mismo incendio que me abrasa,
gota del mismo mar en que me anego.

Autor:  Francisco Luis Bernárdez, Argentina
 

  

 

 

Silencio

No digas nada, no preguntes nada.
Cuando quieras hablar, quédate mudo:
que un silencio sin fin sea tu escudo
y al mismo tiempo tu perfecta espada.

No llames si la puerta está cerrada,
no llores si el dolor es más agudo,
no cantes si el camino es menos rudo,
no interrogues sino con la mirada.

Y en la calma profunda y transparente
que poco a poco y silenciosamente
inundará tu pecho de este modo,

sentirás el latido enamorado
con que tu corazón recuperado
te irá diciendo todo, todo, todo.

Autor: Francisco Luis Bernárdez, Argentina

Publicación Muestra

No es la rosa

No es la rosa serena porque alzada sobre su grácil tallo luzca espinas, ni porque en su corola la alborada deje lágrimas de oro matutinas.  ...